Estaba de frente, viéndolo todo. Una escena dispuesta por la historia. También intuía que alguna vez, alguien la inmortalizaría a través de una pintura. Por eso registré todo lo que pasó esa tarde. Triste tarde, en que nuestra historia cambió para siempre. El gaucho Martín agonizaba. Y en esa muerte, todos nosotros moríamos un poco.
Soy José, ayudante del Coronel Vidt. Como sabía leer y escribir, me encomendaban después de cada batalla, relatar lo sucedido. Pero esa tarde, no hubo encomienda alguna, pero yo sabía que debía contarlo. A ese momento, llevaron sucesivos hechos, que vistos en perspectiva, tenían un lógica… la de los héroes trágicos, que con el tiempo, se transforman en mitos populares.
Diez días atrás, estábamos en el campamento de Velarde, al sur de la ciudad, donde Don Martín había fijado su residencia transitoria, evitando la ciudad. Ciudad donde a pesar que habíamos rechazado la cuarta invasión realista, y esto supondría la unión ante el invasor, las divisiones y rencores estaban a flor de piel. Ante un llamado de Doña Macacha, el General elige a veinticinco de los nuestros, y como ocurría cada vez que su hermana lo llamaba, rápidamente recorrimos las dos leguas que nos distanciaban de Salta. Al llegar a la casa de la niña Magdalena, sobre la calle de la Victoria, nos apostamos a unos metros para hacer guardia. Tampoco nosotros podíamos creer el relato de gente de la ciudad que hablaba de reflejos de fusiles avanzando por las serranías de la Quebrada de Lesser, por el camino de los contrabandistas, que algunos llaman “el despoblao”.
¡No puede ser!, nos decía don Martín, “¡mis gauchos, los campesinos, mis bomberos, me hubieran informado!”
“Por favor Martin, no te quedes hoy en la ciudad”, rogaba Macacha. Sin embargo, el general no dio importancia al rumor, y se puso a trabajar en los despachos atrasados.
Mientras tanto, el judas Barbarucho Valdez avanzaba por los Yacones, hasta llegar al campo de la Tablada, que desde la batalla que peleáramos con Belgrano aquel 20 de febrero, pasó a llamarse Campo de la Cruz, por la misericordia del General que nos ordenó sepultar bajo el mismo símbolo a vencedores y vencidos. En la ciudad, nos habíamos apostado en la esquina de la calle de la Amargura y la Victoria, a pocos metros de donde conversaban Don Martín y la niña Magdalena. Hacia frio, y lloviznaba, tal vez solo eran gotas, pero de esas gotas que se clavan como puñal. En la oscuridad escuchamos unos tiros, y como no habíamos desensillado, de un salto estábamos ya dispuestos sobre el flete, y el General en medio nuestro. No entendimos qué había pasado, todo era confusión, pero el alma sabe presentir las tragedias. Primero rumbeamos para el poniente, pero al llegar a la calle de la abuela, sentimos la primera descarga en medio de la oscura noche. Volvimos sobre nuestra marcha en dirección a la plaza central, retornando por lo de la niña Magdalena, con la idea de tomar la calle de la Caridad Vieja hacia el sur, pero una nueva descarga volteó algunos de los nuestros y dispersó a varios. Finalmente, tomamos la dirección contraria hacia el norte, por la calle de la Amargura. A la altura de los huecos de Esteves y Tejada, y casi llegando al Tagarete de Tineo, sufrimos una nueva descarga. El general arremetió al galope, entendiendo que la emboscada no daba otra opción, empuñó sus armas, y picando las espuelas en el Negro, lo lanzó sobre la línea enemiga, atravesándola por el medio.
Ya casi en el puente del tagarete, se escuchó el grito: “¡Me han herido!”. Así, comenzaba la pasión desencadenada por una de las balas, que penetrando por la parte inferior del espinazo, le desgarró la ingle derecha.
No se cayó de la silla, llegamos al Campo de la Cruz, y encaminamos hacia la quebrada de Burgos, bordeando el costado opuesto al cerro San Bernardo, hasta que llegamos cerca del Río de Arias donde estaba apostada una de nuestras partidas. Allí Don Martín pudo bajar del Negro, ya malherido, se acostó en una camilla que logramos armar con troncos y ponchos.
“¡Al Chamical!” se escuchó en la noche oscura. Y ahí supimos que algo grave pasaba, porque ese refugio de tan difícil acceso, era un santuario. Nos vimos entonces las caras, y habíamos quedado siete: el Teniente Coronel Eusebio Mollinedo, el Capitán Rivadeneria, los Tenientes Gallinato y Margallo y mis compadres Manuel y Mateo.
Nos encaminamos hacia la Finca La Cruz, propiedad del General, por la serranía del Tincunaco, marchando entre el río y la serranía, hasta alcanzar la cuesta de la Pedrera. Ese tiempo eterno que transcurrió, viendo el sufrimiento del general, y mirándonos las tristezas como espejo en todo el trayecto, fue igual a aquel tiempo cuando murió mi tata, donde todo era sensación de desprotección, de angustia, de futuro sombrío. Una campesina llamada Emilia, aliviósus penas con un jarrón de agua.
Nuestra marcha en la noche cerrada, duró horas. En ese último viaje, cada huaico y sendero eran parte indivisible de nuestros caballos, ya que tierra, animal y humano, como una sola cosa, habían sido nuestro ámbito natural desde chicos. En aquella época feliz, también liderados por Martín, nos escapábamos de las casas, ensillábamos rápidamente, y jugábamos a las escondidas entre los cerros. Ya amanecido el día llegamos a la Cruz, distante cinco leguas de la ciudad, con las luces del día interpelando nuestra angustia, y con frío traspasando los huesos. Entonces, con esa claridad de la mañana, nuestras angustias confirmaron lo peor, Don Martín estaba gravemente herido. Aun así, con mi compadre sabíamos que era en el monte donde él se sentía seguro, donde se sentía parte de la naturaleza, y donde confiábamos que la tierra lo haría invencible. La madre tierra lo haría fuerte, lo protegería. Como siempre había sido.
Así pasamos diez días, en los que nuestros estados de ánimos se elevaban como colibríes, y en minutos se precipitaban con furia sobre las piedras. Crecían nuestras esperanzas a la más leve mejora, y un pequeño gesto de dolor nos derrumbaba. Solo rezar el rosario a la virgencita nos llenaba de esperanzas.
El octavo día de esa espera, un revuelo nos distrae del guiso con churqui que estábamos terminando. Eran godos, con bandera blanca. Era su segunda visita en dos días, con propuestas que nadie en el estado de Don Martín, se animaría a rechazar. Si hasta a uno mismo lo hacían dudar, porque estaba en juego la vida.
Don Martín acepta recibirlos nuevamente, había pedido que lo vistan con su ropa de General. Aun maltrecho y herido, por la dignidad de la patria, quería que lo vieran luciendo las mejores prendas. Con ese uniforme que causaba pavor en la batalla, respeto y admiración en la vida civil, y amor entre las muchachas.
Los españoles traían la propuesta de “garantías, honores, empleos y cuanto quisiere, siempre que él y sus tropas rindieran las armas al rey de España”.
Don Martín, de cuya cara se habían borrado las señas de dolor y sufrimiento, y lucía sereno, iluminado y seguro, casi sin esfuerzo se incorporó, lo cual nos sorprendió a todos, ya que venía de días de perder fuerzas y salud. Entonces, soberano y con señorío llamó a su segundo en el mando: “¡Coronel Vidt tome usted el mando de las tropas y marche inmediatamente a poner sitio a la ciudad, y no me descanse hasta no arrojar fuera de la patria al enemigo!”
Se hizo una pausa que duró segundos, pero que parecían siglos. En ese corto tiempo se eternizaron siglos de historia. Se corporizaron en la actitud y voz de Don Martín, esa pasión salvaje de independencia y libertad, estigma de mi pueblo. Allí estábamos, con nuestras caras y gestos desafiantes, seguros y confiados, mientras que las de ellos, quienes estaban ganando la partida, eran una mezcla de desconcierto, temor y vergüenza. Entonces Don Martín les dijo: “Señor oficial, está usted despachado”.
Como si hablaran ante un soberano, los godos se retiraron caminando para atrás, volviendo sobre sus pasos, y grabándose en la memoria aquella escena de un líder en medio de su pueblo indomable, de un hijo del paisaje arropado por ceibos, cielo y frío, de un espíritu superior confiado y sereno por la causa justa que defendía. Aún pueden verse las sombras del invasor deshaciéndose sobre la tierra, esta tierra salteña que se devora al soberbio y ambicioso. Esas sombras que como una maldición, que se reitera a lo largo del tiempo, pasan ocultando sus rostros, medrando cerca de los líderes populares. Allí se veían esas sombras de los godos retirándose por la izquierda, avergonzados, derrotados, humillados.
Se pueden ver los papeles rotos de la insultante propuesta, que nuestro líder permitió se efectuara, para poder inmortalizar la situación.
Puedo ver aun las espadas desenvainadas de los oficiales, y las lanzas en alto del gauchaje.
Yo de frente a Don Martín podía ver al Coronel Vidt aun con su mano extendida juramentando sobre la tierra, que es como nuestro evangelio. Manuel Puch en frente de él, con su sable extendido, en promesa de entrega eterna. Más atrás lo puedo ver al compadre Velazques, a Don Manuel Reverte, al mulato César, que tanto queríamos todo, con su brazo quebrado en la reciente batalla.
Puedo ver a los árboles que se inclinaban, como dándole protección. Sabiendo que estaba cercana la muerte, le daban abrigo y cobijo, como si fuera unode ellos. Un hijo de la tierra.
Sobresalía un ceibo, que se desangraba también, simpatizando con la tristeza, reclinado ante un par, uno que reconocía de su estirpe, jurándose en ese instante eterno entregar su color para que vista los ponchos de salteños. De ese modo, se brindaba el ceibo para proteger y vestir por siempre al pueblo con sus colores.
Era un secreto a voces lo que había dictaminado el Doctor Redhead años atrás. Todos teníamos un respeto absoluto por aquel científico, que había señalado que cualquier herida que recibiera Don Martín sería mortal. Pero el científico no estaba en Salta, había partido acompañando al otro mártir de la independencia a Buenos Aires, a Don Manuel Belgrano. Puch mandó entonces a buscar al Dr. Castellanos, el único médico en la ciudad, pero su pronóstico fue el mismo, nada se podía hacer.
Entonces, ya la suerte estaba echada para el campeón de la libertad, el destino le jugaba una apuesta personal. Don Martín, que se le animaba a todo, le propone pelea también a la muerte.
Por un segundo, la imagen me recordó al pesebre donde nació el Salvador. Don Martín estaba muriendo, pero se me ocurre que esa desaparición física, liberó ese inmenso espíritu suyo, que pronto se haría parte de la tierra y del pueblo, para siempre. Estoy seguro que en algunos años, hablar de Güemes será hablar de Salta, y que hasta sus enemigos reconocerán a este padre de la patria.
Esa almita que de tan inmensa, viviría en cada uno de los salteños, y con el tiempo de los argentinos. Porque él pensaba en la organización nacional, en una hermandad de provincias, donde cada gaucho pueda ver realizado su proyecto de libertad.
Esta imagen que hoy borroneo como si fuera un cuadro, perdurará por generaciones, de sangre en sangre, de muerte en muerte. De esperanza de vida en vida. Algún buen pintor la recuperará para siempre.
Él nos enseñóquesin independencia, sin libertad, sin hermandad, la vida no tiene sentido. Por eso no nos daba miedo la muerte, porque Don Martín nos inculcó la cercanía de ella, la vecindad de su tristeza, esa comprensióndel sentido trágico de la vida.
Y en este escenario final, su luz brilla más que nunca. Su fuerza indomable, sus ojos llenos de misericordia, su fraternidad con el gauchaje, la hidalguía salteña de su ser, y la resignación de quien dio todo, ilumina más que el sol de junio, y penetra más que el frio del invierno.
Quería escribir esto, para que mis nietos, y los nietos de mis nietos, sientan lo que sentimos en ese momento, y la lágrima que nace, riegue el alma fértil del pueblo.